“Esta tercera ola es la lucha por las identidades”

Académica Kemy Oyarzún dice que movimiento feminista pone a mujeres como actoras activas de transformaciones. Enfatiza tema de la “subyugación silente”.

Hugo Guzmán. Periodista. Esta académica de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile es una de las más prestigiosas estudiosas y expertas en temas de género y de derechos de la mujer. Kemy Oyarzún Vaccaro es, de hecho, la Coordinadora del Magíster en Estudios de Género y Cultura mención Humanidades. Y en entrevista parte caracterizando al actual movimiento feminista que se extiende por Chile como “un estallido” que responde a que “hay un cambio cualitativo a nivel de la cultura” en el país.

Afirma que este proceso pone a las mujeres como “actoras activas de las transformaciones” y enfatiza que “es un movimiento identitario que no solo toma la causa de la participación, de la democracia y la identidad como derechos, sino que va al meollo de una sociedad patriarcal de clase”.

Kemy Oyarzún tiene un doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad de California, Estados Unidos, y tiene la autoría de textos donde habla de feminismo, de historias, vidas y luchas de las mujeres, como “Tinta Sangre”, “Sujetos y Actores Sociales, Reflexiones en el Chile de Hoy” y  “Polifonías del cuerpo: Género y Literatura”.

Abordando a fondo lo que ella también reconoce como “ola feminista”, pone el tema de la violencia, el acoso y el abuso en el centro y plantea la existencia de “la subyugación (que) es silente, invisibilizada”, “el cautiverio de las mujeres en lo doméstico” y advierte que “las principales víctimas de la violencia solapada son las mujeres”.

¿Está de acuerdo en que se hable de “ola feminista”?

Sí, lo que vivimos es una ola feminista, yo la llamaría la ola del mayo de 2018. No es que este movimiento sea enteramente nuevo, pero hay un estallido.

¿Qué define que se pueda hablar de un estallido?

Fundamentalmente el mayor grado de espontaneidad de este movimiento social, con nuevos sujetos sociales y con nuevas subjetividades, eso es muy importante. Hay un cambio cualitativo a nivel de la cultura, y en este sentido podríamos hablar de una suerte de revolución cultural. Mire, Chile no tuvo un destape en la pos dictadura, si pensamos en destapes como el español, no lo tuvimos, fue una pos dictadura sobria, demasiado sobria. Eso tiene que ver con pactos que se produjeron en muchos niveles. Entonces ahora vienen estallidos.

¿En el periodo pos dictadura un tema olvidado o dejado de lado fue el de derechos de la mujer?

Creo que sí. El movimiento de luchas de las mujeres ha tenido altos y bajos, estoy hablando incluso de los años en que se consiguió el sufragio de las mujeres, años cuarenta, y tuvimos en ese tiempo un enorme fervor feminista. Esta no es la única ola feminista, es importante, pero no es la única ni la primera. Cuando se dio la batalla por el voto femenino, se dieron también profundas luchas democráticas con actoras, con sujetas-sujetos que eran profesoras, asistentes sociales, intelectuales. Y luego todo lo que ocurrió con la lucha de las mujeres contra la dictadura.

¿Es una ola que va a pasar, dejará algo, en qué puede terminar?

La ola del sufragio, de esas luchas democráticas, dejó su impacto en un movimiento que tenía que ver con la ciudadanía de las mujeres, con la representación de las mujeres. Hoy vivimos un fuerte momento de libertades de nuevas identidades, no son las mismas subjetividades que lucharon por el voto. Cambió mucho la sociedad chilena y hemos pasado por momentos terribles, donde bajó el movimiento feminista, y bajó el movimiento social en su capacidad de generar nuevos escenarios políticos con nuevos actores. Eso ocurrió, por ejemplo, durante largos momentos en dictadura. Y se viven momentos importantes, como cuando se reorganiza el MEMCH (Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres Chilenas) en los ochenta, con un movimiento feminista que empieza a decir que la democracia no va si la mujer no está; democracia en el país y en la casa, en la vida pública. Esa sería una segunda ola feminista muy importante. Yo mencionaría los cambios profundos en el Gobierno de Salvador Allende, con una tremenda incorporación de la mujer al trabajo, de apoyo a los cuidados que era propio de la división patriarcal que había en la casa y en la calle, de participación en la política, en la representación, pero no había sujeto masivo feminista, había una prioridad de lucha por derechos sociales, de enfrentamiento a ese ideario del imperio y su agresión, esa era la identidad. Es en la dictadura donde se vuelca ese segundo momento, esa segunda ola. Las mujeres salimos a la calle, el ochenta y cinco hubo un movimiento gigantesco de “Somos más”, columnas de mujeres fuertemente reprimidas, con una amplitud inusitada de actores y actoras. Bueno, ahora vivimos otra realidad, otro momento, y creo que esto va a dejar más que una huella, va a dejar derechos, va a dejar un cambio en la cultura del país, en la cuestión identitaria. Avanzar en la idea de la redistribución de poder y de trabajo, identidades libres de la moralina clerical, mojigata que tenemos en Chile todavía. Los ciclos nacen y se van o bajan, la gracia es que dejen su impronta. Me parece que este movimiento también debe contribuir a desarrollar la capacidad crítica, a fomentar el pensamiento crítico, la autoreflexión, la creación, eso es clave para los grandes cambios civilizatorios.

¿Qué caracterizaría o representaría de este movimiento feminista?

Creo que parte mucho de la anterior ola, de la lucha contra la dictadura. No es solo la lucha por la representación, se empieza a ver el germen de una profunda crítica al modelo de democracia hegemónica que está en deuda con las mujeres. Eso se ve desde la lucha por el sufragio y eso sigue. Diría que, sobre todo, esta tercera ola es la lucha por las identidades, y en ese sentido es más directamente una lucha que tiene que ver con plantearse las mujeres como sujetos activos, como actoras activas de las transformaciones del país. Por eso se le podría llamar el movimiento por las identidades. Son las identidades las que están en cuestión y cuando tú te pones a pensar quién soy y te planteas el quién soy como una aventura del conocimiento, contra el poder, con una insumisión, eso implica un movimiento feminista con una clave identitaria fundamental. Con esa clave identitaria, ya no es un problema de si vamos a participar o no, es cómo nos constituimos en actores sociales y políticos, cómo nos convertimos en actoría, en ciudadanía sexuada.

Por momentos, ante la opinión pública este movimiento de las mujeres parece acotado a lo del acoso, del abuso. Como que queda solo ahí.

No es solo ahí. Este es un movimiento identitario que no solo toma la causa de la participación, de la democracia y la identidad como derechos, sino que va al meollo de una sociedad patriarcal de clase. No todo el mundo lo dirá así, ¿pero qué es lo que caracteriza a una sociedad de clase? Es el avasallamiento, relaciones sociales de subyugación, violencia simbólica y material. ¿Quiénes nos dimos cuenta de la violencia simbólica y material en Chile? Obviamente que los movimientos sociales, los movimientos democráticos, los movimientos de clase, obreros, el movimiento contra la dictadura. Pero hoy, además, se habla de la violencia sexual y ahí hay algo específico. Algo que ha ocurrido hace muchos siglos, y en sociedades de clase: el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo. La subyugación es silente, invisibilizada, porque las sociedades de clase se establecen sobre la división incuestionada de lo privado y lo público, de tal manera que el poder se concibe en el ámbito de lo público, solamente en el ámbito del patrón de fundo, del aparato represivo del Estado, del poder político, pero no se concibe en su aspecto más solapado, que es el cautiverio de las mujeres en lo doméstico. Y allí ocurría y ocurre todo contra las mujeres, los niños, los homosexuales. Es una historia silente que nosotras hemos rescatado poco. Y es una deuda que tiene la izquierda hacia cómo plantear la democracia en la casa. Es fácil decir o pensar “democracia en la casa”, pero ¿qué significa eso? Significa entender que la plusvalía -en este sistema neoliberal- se realiza con el trabajo invisible de los cuidados en la casa. Y que las que cuidan, como dijo alguna vez (Federico) Engels, son las esclavas del futuro, desde el momento que se instala el Estado y el patriarcado. Son las nuevas y actuales esclavas.

Que generan plusvalía en la casa…

¿Cuál es una característica? Que no se van a dar cuenta que son esclavas. Que son las dueñas de casa, que se suponen que tienen toda la seguridad garantizada. Por supuesto que las primeras en darse cuenta que no es así son las mujeres trabajadoras que terminan con doble o triple jornada. En dictadura veíamos las violencias; en las calles, en los detenidos desaparecidos, en la represión. Pero había una violencia que se seguía ejerciendo en otros ámbitos y de otras maneras. De hombres hacia mujeres, de compañeros hacia compañeras. Las principales víctimas de la violencia solapada son las mujeres, mire las cifras de femicidios.

Junto con eso se instala la demanda de otros derechos: igualdad de salario, acceso a participación y espacios de decisión, mejores condiciones laborales, salas cuna para madres y padres, ¿cómo se vincula con la exigencia de fin al acoso y al abuso?

Va todo vinculado, son distintas expresiones y demandas, pero todo vinculado. Porque además hay una crítica profunda al neoliberalismo. Fíjese lo que está pasando, que las protagonistas de estas luchas son jóvenes universitarias y secundarias, tremendamente leídas, con una energía creativa increíble. Y aparece esto de debates y disputas para sacar la violencia del ámbito de la casa, de las instituciones, para entrar de lleno a la violencia en el ámbito laboral y político. En ese sentido llegamos a lo que planteamos como una cuarta ola de redistribución. Estamos en medio de eso. No hay posibilidad de plantear redistribución económica, social y política si no tenemos conciencia de que estamos inmersos en una estructura de dominio social, económico y político. No es posible entonces plantear solamente lo macro, que es la gran estructura del capitalismo organizado en el neoliberalismo, si no estamos viendo cómo esa reestructuración social, cultural, afectiva, ha cambiado las subjetividades y estamos ahora lidiando con nuevas formas de ser, con nuevos protagonistas. ¿Será espontáneo el vínculo que armarán las jóvenes maravillosas, de energía contagiosa, de gran creatividad y valentía, del tema del abuso en el pololeo, en la familia, en la iglesia, en la política, en la escuela, para llegar finalmente también a las formas de habitar la ciudad y el trabajo? Ése es el gran desafío que existe. Si en la lucha por el sufragio exponíamos la deuda de la democracia con las mujeres, hoy definimos de qué manera la estructura neoliberal a nivel cultural, psicosocial, tiene deudas con las mujeres.

¿Arribar a la concreción de derechos de la mujer tiene que ver con cambiar la estructura hegemónica de la sociedad?

Creo que esto tiene que ver con una crisis profunda de la estructura neoliberal. Eso se ve en este país en luchas por una nueva Constitución, contra la hegemonía de las AFP, por educación pública y gratuita, que son grandes y espontáneas. Leí por ahí que se decía que esos movimientos de la calle no van a ser capaces de cambiar la estructura, pero eso depende de todos los sujetos, de todos los actores, no podemos dejarles a la chiquillas todo el cambio civilizatorio. Lo que se está planteando, y esto incluye a este movimiento feminista, es otro tipo de civilización. Ha decantado una exigencia de nueva civilización. Y creo que en eso ahora los hombres tienen que jugar un papel. Vamos a ver cuántos hombres pueden expresar sonoridad con la mujeres, no solo fraternidad, sonoridad.

En la realidad hay mucha diversidad. Un estudiante de la Universidad Católica y una muchacha que vive en Lota y de escasos recursos; una profesional urbana y una mujer indígena; distintas lecturas de lo que es el feminismo.

Ahí viene el desafío de las muchachas. Hay grande debates. Ahí está la capacidad de que los movimientos sociales, y en este caso sexos sociales, lo social sexuado, como otra lucha social, tengan la capacidad de convertir esas luchas en luchas estructurales por un nuevo tipo de civilización. Yo le preguntaría, por ejemplo, cuanto hicimos carne en la sociedad y en la cultura chilena los crímenes de Alto Hospicio, donde las víctimas eran trabajadoras. Este abuso está vivo y es lacerante en todo lo que es expresión de clase, de diferenciaciones socioeconómicas, de lo que ocurre en el campo, en poblaciones, en zonas de trabajo. He estado leyendo cartas que circulaban del MEMCH, por 1935, a Elena Caffarena, y eran pluriclasistas, maestras, de mancomunales, trabajadoras, esa es una deuda hoy y las chiquillas deben ponerse en los zapatos de las trabajadoras, de esas muchachas que usted me hablaba de zonas rurales, de las indígenas. Hay que ver que hoy las trabajadoras aplauden a las muchachas que están en la calle. Porque la violencia sexual, en todas sus manifestaciones, y de clase, se ha vivido en su mayoría por parte de las mujeres trabajadoras, ya sea las mujeres del campo, de las minas, de los conventillos, de las fábricas, en los supermercados, en las salmoneras, es cuestión de mirar y de escuchar. Todos estos temas hay que vincularlos a las formas extremas del abuso para la plusvalía del hipermercado del capital neoliberal. Ese vínculo se siente, pero no necesariamente está verbalizado. Las muchachas movilizadas son muy jóvenes, no han salido al trabajo, pero saben que hacia allá van.

¿Cómo miró la Agenda Mujer del Gobierno?

Creo que la derecha, que es astuta -como decía Karl Marx, astucia de clase-, sabe que no puede ir en contra de todo este movimiento. Entonces tendrá que sacar su sentido calculista y mirar cómo saca algún tipo de provecho. Puedo decir que no vi a la derecha preocupada o atendiendo el tema de abuso laboral. Yo no vi que la derecha se preocupara o lo prestara oído a los protocolos de acoso sexual. Resulta que ahora sí, ante este movimiento. Mire, la derecha se puede preocupar de armar protocolos, de poner cosas en la letra, ¿pero cambiar estas estructuras profundas del neoliberalismo? Ya vimos la respuesta que encontró en el tema de la injusticia de las Isapres con las mujeres; priorizar por el capital.