“LA ARISTOCRACIA OBRERA”

Osman Cortés Argandoña, Periodista
Salvador Allende calificaba a los trabajadores del cobre como la “aristocracia
obrera”, de manera peyorativa, por su actitud de suficiencia y superioridad
aparente, ante los otros trabajadores del país. Eso desde aquellos tiempos
cuando los norteamericanos extraían el metal rojo, pagando cifras exiguas al
país para el mejor negocio del mundo.
El 11 de julio de 1971, el cobre fue nacionalizado por el gobierno de la
Unidad Popular y los extranjeros debieron entregar las pertenencias,
acrecentándose la Corporación del Cobre, Codelco.
Pero, Salvador Allende continuó denominando a los trabajadores como
“aristocracia obrera”, porque la actitud de esa fuerza de trabajo no varió
siendo ya el cobre de Chile, hasta ahora.
Esos obreros piensan que son dueños del cobre. No han comprendido en 51
años que los dueños del cobre somos todos los chilenos, siendo ellos
empleados de Chile, junto a supervisores y directivos.
Estas reflexiones surgieron a partir de las recientes amenazas
desvergonzadas de los herederos de esos mismos aristócratas obreros de
hace medio siglo que no trepidan en insultar al pueblo de Chile cuando se
anuncia el cierre de la fundición Ventanas por el directorio de Codelco.
No pudieron entender que esos 54 millones de dólares no sirven para
terminar con la contaminación de la zona afectada, por parte de la estatal.
Los insultos de los obreros demuestran que a ellos no les interesa que la
usina contamine mortalmente a la comunidad. Les interesa mantener sus
trabajos como sea.
El gobierno ha anunciado que los trabajadores serían reubicados, tanto los
estatales como los de contratistas, pero ellos han desatado a un paro
nacional del cobre del Estado, como si fueran los dueños del cobre de los
chilenos.

La aristocracia obrera es una herencia del sistema de trabajo que impusieron
los norteamericanos en Potrerillos, Chuquicamata y El Teniente, un sistema
de privilegio que los gobiernos desde la dictadura cívico militar no
remediaron para terminar con el esquema capitalista de trabajo, donde hay
obreros de primera, segunda y tercera clase.
El paro nacional que comenzó el miércoles 22 de junio, calificado de manera
amenazante por los dirigentes del cobre como indefinido, provocará fuertes
pérdida al Estado de Chile, es decir, a todos los chilenos.
Se entiende que los trabajadores del cobre están amenazando con el hambre
de los ciudadanos para conseguir sus propósitos, unido a ello, proseguir con
la contaminación de las zonas donde están instaladas las fundiciones.
¿Quiere decir que los trabajadores del cobre nacionalizado por Salvador
Allende hace 51 años están en contra de los ciudadanos chilenos?
Los rostros desorbitados que mostró la televisión de esos “dirigentes”
amenazando e insultando al país, asombraron a los chilenos, lo que precipitó
el recuerdo de las palabras de Salvador Allende.
Existen alrededor de 20 empresas privadas mineras que son responsables
también de la contaminación de Quinteros y Puchuncaví. Las leyes de Chile
sobre protección al medio ambiente, deben operar allí para terminar con
esas Zonas de Sacrificio. Ni el Estado, ni las empresas privadas deben atentar
contra la vida de los ciudadanos y tienen que dejar de transformar también al
norte en una Gran Zona de Sacrificio.
Donde está la minería produce riquezas, la privada logra conseguir millones
de dólares para sus faltriqueras y su escenario es el norte de Chile,
preferencialmente Antofagasta y Tarapacá, convirtiendo a esos territorios en
tierras y mares contaminados. Napas que trasladan químicos a las aguas que
son consumidas por los ciudadanos, motejados de “extremistas” cuando
protestan por defender sus vidas.

Nadie podrá negar que Chuquicamata, de Codelco Chile, es un mineral
brutalmente diezmado por la insolvencia medioambiental.
¿Qué ocurrirá con la Fundición Nacional de Paipote que lleva contaminando
62 años a parte de la provincia de Copiapó, junto a la comuna de Tierra
Amarilla? Esta última doblemente afectada con la devastación que produce la
trasnacional minera Candelaria?
En la década del 80 del siglo XX, el anhídrido sulfuroso cubrió la plaza de
Copiapó, pero los intendentes militares, Alejandro González, Gabriel Alliende
y Juan Cheyre, no le dieron importancia al tema porque “eran solamente
episodios inocentes provocados por la inversión térmica”.
La minería es el sueldo de Chile, pero debe ser un sueldo limpio. Todos
precisan invertir en extraer y procesar los minerales de manera solvente.
Hace más de 40 años que en Japón se funde sin emitir partículas al ambiente.
¿Son inversiones fuertes? Sin duda. ¿Las comunidades deben ser “socios de
la muerte” con las empresas del Estado y privadas para solventar con sus
vidas esa falta de recursos para no contaminar?
Ser trabajador del Estado debe constituir un grado enorme de
responsabilidad para todos ellos donde el interés personal tiene que
transformarse en una preocupación colectiva.
Así, esa “aristocracia obrera”, se transformará en una fuerza de trabajo
responsable con el futuro de una nación que necesita del fruto económico
del cobre limpio para solucionar los problemas de los más desposeídos y
marginados de Chile.